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| Otra imagen de San Ivo, patrono de los abogados. |
El joven agente
del Ministerio Público
El juez falleció el 29 de enero de 2013 a la edad de 58
años. Diez días después de que su nieta Ximena arribara a la edad de 20 años.
Los ritos funerarios fueron sencillos, su epitafio pudo decir “Murió sin pena
ni gloria”, pero después de una acalorada discusión con el responsable del
ritual, dicho epitafio quedó de esta manera: “Aquí yace un hombre que toda su
vida pretendió ser justo”. La alternativa descartada era escribir simplemente:
“Aquí yace un hombre justo”, pero Ximena se opuso tenazmente y finalmente ganó
su propuesta.
Ximena sintió por vez primera la muerte de un ser querido.
Creyó que se derrumbaría por el sufrimiento, pero no ocurrió tal cosa y esto
por dos razones. Una, los ritos
funerarios tienen por función amainar el dolor y, otra, en todo momento se
sintió sostenida por la serena fortaleza de alguien allí presente. Respecto al
primer motivo, Ximena recordó lo escrito
por Nils Christie en Los Límites del
dolor: Sobre lo segundo, la presencia que serenaba el dolor era la de la
abuela. Un personaje que aparecía en el escenario de Ximena a partir de la
muerte del abuelo. Siempre había estado allí en silencio pero la nieta no la
había tomado en cuenta y parecía que el juez tampoco.
El testamento aseguraba la continuidad de los estudios de
la nieta. La heredera universal fue la abuela. No pasó desapercibido un legado
exagerado para Clemencia. El juez le dejó la casa grande “Por sus servicios por más
de diez años”. A la familia le pareció demasiado, pues ella tenía un trabajo
bien remunerado. Pero si la abuela no había dicho nada al respecto, los demás
tenían que permanecer callados. Los compañeros de Clemencia en el trabajo, la
bromeaban diciendo que cuando el juez sintió que moriría, también le aseguró el
empleo.
En el juzgado nada había cambiado. La Reforma Constitucional en materia de Justicia Penal y Seguridad
Pública carecía de significado. Miguel Carbonell y Enrique Ochoa Reza desde
el año 2009 se habían planteado la cuestión ¿Qué
son y para qué sirven los juicios orales? El personal del juzgado se hacía
la misma pregunta, no obstante la misma interrogante tenía propósitos muy
distintos. En el primer caso, se busca y se encuentra una contestación teórica.
En el segundo, en realidad no se preguntaba nada, ya que en el fondo era una
afirmación, implícitamente se sostenía la inutilidad de los juicios orales. La
pregunta no era otra cosa que la mejor expresión del conformismo burocrático.
Si la Constitución había sido tantos años como una obra inédita, así seguirá y
sus mandatos serán siempre letra muerta. Ésta podría ser la consigna
burocrática.
Despertaba la curiosidad de los empleados el empeño del juez
de los últimos días por leer los expedientes. Sin embargo, los expedientes
retornaban con algunas cuantas observaciones marginales, relativas casi siempre
a cuestiones de forma (faltas de ortografía). El juez no tocaba el fondo. Mejor
dicho, el juez murió con la convicción de que los expedientes carecían de
fondo, eran pura cháchara. Se rumoraba que había dejado por allí entre sus
cosas un documento revelador de algo. Pero, cuando revisaron su oficina no
encontraron nada.
Ximena tenía novio, él era un joven agente del Ministerio
Público. Fernando Molina andaba cerca de los 30 años. Alcanzaba la estatura de
1.90 m., inteligente, fuerte, con firmes convicciones sobre la función de
seguridad pública que incumbía al Ministerio Público. Él hubiera suscrito el
aserto de que el hombre cuando delinque se convierte en un animal y así había
que tratarlo. Era un joven neokantiano y, por ello, su autor favorito en
materia jurídico penal era Claus Roxin.
Había estudiado Derecho y Filosofía en la Universidad
Veracruzana. Una mezcla que dentro de su personalidad se convertía en
explosiva. Había conocido a Ximena dentro de un curso impartido por Enrique
Aranda. El penalista que había convertido el derecho penal en una diversión
sobre la base de mudar los temas de casos muy “sonados”, sobre todo por su
importancia mediática, en comedias breves. Ximena llamó la atención de Fernando
por contradecir al ponente, quien no le permitía ni hablar. Decidió apoyarla,
pero resultó contraproducente, pues en cada intervención sus ideas penales salían
a flote.
Él era un apasionado soldado de la lucha contra el crimen
y estaba plenamente convencido de que había que perseguir y acabar con los delincuentes
subhumanos. Ximena, en cambio, creía
que el infractor no cesaba de ser persona y fuera quiera fuera tenía derechos.
Él aplaudía todas las medidas inquisitoriales introducidas en la Constitución
mexicana, sobre todo, para terminar con la delincuencia organizada y, en
general, con la delincuencia. Ella en cambio cuestionaba el concepto “delincuencia
organizada” y sostenía que las medidas eran de emergencia solamente para
eliminar a quienes los poderosos consideraban desechables. Ella pensaba en la
bondad democrática de los juicios orales. Tanta ingenuidad solamente era motivo
de risa para él.
Sara Mendoza viuda de Hernández a sus 54 años, erguida
como un roble, sin una cana en el pelo, lo cual se atribuía a sus orígenes
indígenas, tenía una experiencia envidiable que había adquirido en las labores
del hogar (ella tenía un título universitario, pero cuando se dio cuenta de que
la mujer era plenamente capaz de hace todo lo que hacía un hombre y que lo
podía hacer mejor, decidió dedicarse al quehacer doméstico); Sara Mendoza fue la
primera que observó que aquellos jóvenes que discutían siempre se había
enamorado perdidamente. En la casa intencionalmente creaba un ambiente favorable a
los tórtolos, pues ninguno de los dos quería dar su brazo a torcer: “Es
suficiente con la gente crea que el sistema penal funciona” —decía él. “Es
menester que el sistema penal funcione para limitar el poder de castigar y la
gente creerá” —decía ella.
Sara miraba y admiraba el teatro humano, cuyas escenas se
repetían una y otra vez. Las sorprendentes obras de la vida real no le cansaban.
Ella miraba y admiraba a dos sujetos comunicados,
no meramente informados. Ambos ocupados
en el difícil arte de tejer y entretejer
el oficio de ser hombre y mujer, respectivamente. Ella esperaba que pronto
descubrieran la conciliación y
siempre la reconciliación. Pero, si
fuera necesario pondría en práctica la mediación.
Ella encontró la reconciliación con
su esposo el día de su muerte. El viejo juez le estaba confesando todo lo que
había hecho en la vida, ella escuchaba en silencio aquella impresionante
confesión. Él sentado en su sillón favorito se quedó dormido con ese sueño del
que no se despierta. Había dado el paso trascendental que aguarda a todo ser
humano.
[Esta historia continuará]

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