lunes, 24 de diciembre de 2012

El joven agente del Ministerio Público

Otra imagen de San Ivo, patrono de los abogados.

El joven agente del Ministerio Público


El juez falleció el 29 de enero de 2013 a la edad de 58 años. Diez días después de que su nieta Ximena arribara a la edad de 20 años. Los ritos funerarios fueron sencillos, su epitafio pudo decir “Murió sin pena ni gloria”, pero después de una acalorada discusión con el responsable del ritual, dicho epitafio quedó de esta manera: “Aquí yace un hombre que toda su vida pretendió ser justo”. La alternativa descartada era escribir simplemente: “Aquí yace un hombre justo”, pero Ximena se opuso tenazmente y finalmente ganó su propuesta.

Ximena sintió por vez primera la muerte de un ser querido. Creyó que se derrumbaría por el sufrimiento, pero no ocurrió tal cosa y esto por dos razones. Una,  los ritos funerarios tienen por función amainar el dolor y, otra, en todo momento se sintió sostenida por la serena fortaleza de alguien allí presente. Respecto al primer motivo, Ximena  recordó lo escrito por Nils Christie en Los Límites del dolor: Sobre lo segundo, la presencia que serenaba el dolor era la de la abuela. Un personaje que aparecía en el escenario de Ximena a partir de la muerte del abuelo. Siempre había estado allí en silencio pero la nieta no la había tomado en cuenta y parecía que el juez tampoco.

El testamento aseguraba la continuidad de los estudios de la nieta. La heredera universal fue la abuela. No pasó desapercibido un legado exagerado para Clemencia. El juez le dejó la casa grande “Por sus servicios por más de diez años”. A la familia le pareció demasiado, pues ella tenía un trabajo bien remunerado. Pero si la abuela no había dicho nada al respecto, los demás tenían que permanecer callados. Los compañeros de Clemencia en el trabajo, la bromeaban diciendo que cuando el juez sintió que moriría, también le aseguró el empleo.

En el juzgado nada había cambiado. La Reforma Constitucional en materia de Justicia Penal y Seguridad Pública carecía de significado. Miguel Carbonell y Enrique Ochoa Reza desde el año 2009 se habían planteado la cuestión ¿Qué son y para qué sirven los juicios orales? El personal del juzgado se hacía la misma pregunta, no obstante la misma interrogante tenía propósitos muy distintos. En el primer caso, se busca y se encuentra una contestación teórica. En el segundo, en realidad no se preguntaba nada, ya que en el fondo era una afirmación, implícitamente se sostenía la inutilidad de los juicios orales. La pregunta no era otra cosa que la mejor expresión del conformismo burocrático. Si la Constitución había sido tantos años como una obra inédita, así seguirá y sus mandatos serán siempre letra muerta. Ésta podría ser la consigna burocrática.

Despertaba la curiosidad de los empleados el empeño del juez de los últimos días por leer los expedientes. Sin embargo, los expedientes retornaban con algunas cuantas observaciones marginales, relativas casi siempre a cuestiones de forma (faltas de ortografía). El juez no tocaba el fondo. Mejor dicho, el juez murió con la convicción de que los expedientes carecían de fondo, eran pura cháchara. Se rumoraba que había dejado por allí entre sus cosas un documento revelador de algo. Pero, cuando revisaron su oficina no encontraron nada.

Ximena tenía novio, él era un joven agente del Ministerio Público. Fernando Molina andaba cerca de los 30 años. Alcanzaba la estatura de 1.90 m., inteligente, fuerte, con firmes convicciones sobre la función de seguridad pública que incumbía al Ministerio Público. Él hubiera suscrito el aserto de que el hombre cuando delinque se convierte en un animal y así había que tratarlo. Era un joven neokantiano y, por ello, su autor favorito en materia jurídico penal era Claus Roxin.

Había estudiado Derecho y Filosofía en la Universidad Veracruzana. Una mezcla que dentro de su personalidad se convertía en explosiva. Había conocido a Ximena dentro de un curso impartido por Enrique Aranda. El penalista que había convertido el derecho penal en una diversión sobre la base de mudar los temas de casos muy “sonados”, sobre todo por su importancia mediática, en comedias breves. Ximena llamó la atención de Fernando por contradecir al ponente, quien no le permitía ni hablar. Decidió apoyarla, pero resultó contraproducente, pues en cada intervención sus ideas penales salían a flote.

Él era un apasionado soldado de la lucha contra el crimen y estaba plenamente convencido de que había que perseguir y acabar con los delincuentes subhumanos. Ximena, en cambio, creía que el infractor no cesaba de ser persona y fuera quiera fuera tenía derechos. Él aplaudía todas las medidas inquisitoriales introducidas en la Constitución mexicana, sobre todo, para terminar con la delincuencia organizada y, en general, con la delincuencia. Ella en cambio cuestionaba el concepto “delincuencia organizada” y sostenía que las medidas eran de emergencia solamente para eliminar a quienes los poderosos consideraban desechables. Ella pensaba en la bondad democrática de los juicios orales. Tanta ingenuidad solamente era motivo de risa para él.

Sara Mendoza viuda de Hernández a sus 54 años, erguida como un roble, sin una cana en el pelo, lo cual se atribuía a sus orígenes indígenas, tenía una experiencia envidiable que había adquirido en las labores del hogar (ella tenía un título universitario, pero cuando se dio cuenta de que la mujer era plenamente capaz de hace todo lo que hacía un hombre y que lo podía hacer mejor, decidió dedicarse al quehacer doméstico); Sara Mendoza fue la primera que observó que aquellos jóvenes que discutían siempre se había enamorado perdidamente. En la casa intencionalmente creaba un ambiente favorable a los tórtolos, pues ninguno de los dos quería dar su brazo a torcer: “Es suficiente con la gente crea que el sistema penal funciona” —decía él. “Es menester que el sistema penal funcione para limitar el poder de castigar y la gente creerá” —decía ella.

Sara miraba y admiraba el teatro humano, cuyas escenas se repetían una y otra vez. Las sorprendentes obras de la vida real no le cansaban. Ella miraba y admiraba a dos sujetos comunicados, no meramente informados. Ambos ocupados en el difícil arte de  tejer y entretejer el oficio de ser hombre y mujer, respectivamente. Ella esperaba que pronto descubrieran la conciliación y siempre la reconciliación. Pero, si fuera necesario pondría en práctica la mediación. Ella encontró la reconciliación con su esposo el día de su muerte. El viejo juez le estaba confesando todo lo que había hecho en la vida, ella escuchaba en silencio aquella impresionante confesión. Él sentado en su sillón favorito se quedó dormido con ese sueño del que no se despierta. Había dado el paso trascendental que aguarda a todo ser humano.
[Esta historia continuará]

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