sábado, 15 de diciembre de 2012

El juez viejo

 

El juez había escrito un libro sobre juicios orales y en su fuero interno lo comparaba con el Código de Hammurabi. No tanto por el contenido, cuanto por la inspiración divina. Pero sabía que -como el célebre e histórico Código- muy pocos lo habían leído. Por esto, preparaba una nueva edición. Había que comenzar el relato con la tradicional advertencia: Cualquier parecido con personas o hechos reales es pura coincidencia. Y, en efecto, así era, pues de aquí en adelante él intenta descubrir la función mítica que tienen los juicios orales. La idea de destapar lo que estaba tapado o cubierto, surge de la carencia de lectores. El juez pretendía atraer la atención del ciudadano hacia su texto a partir del anuncio de la manifestación de un secreto.

La revelación, esa manifestación de una verdad secreta u oculta, se le presentó al viejo juez el 20 de junio de 2008. Ese día llegó a su oficina y sobre el escritorio estaba el Diario Oficial de la Federación. Sospechó su contenido, pues él era un hombre atento a los noticieros. La nueva de interés había sido la Reforma Constitucional en materia de Seguridad Pública y Justicia Penal. La crónica aún permanecía en la agenda de los medios de información, de donde desaparecería velozmente como todas las cosas de ese mundo.

En un principio la oficina del juez había sido hermosa: amplia, fresca (aún en los días más calurosos), elegante, con un enorme escritorio de madera fina, una mesa de juntas (él hubiera deseado una sala de juntas), un librero sobrio repleto de libros sobre derecho penal y procesal penal. El juez presumía haberlos leído todos y quizás sí por sus noches de insomnio. Le habían dado tantos remedios y sin embargo pasaba las noches en vela, sin poder pegar un ojo.

¿Por qué se tenía que apellidar “Hernández”? Era un apellido vulgar, el más común en la entidad federativa. No era adecuado a su estirpe ni a su prosapia. Aunque reconocía que su persona reunía todas las características del estereotipo criminal: varón feo, pobre y naco. Bueno, pobre, ya no, eso había sido en su infancia y juventud. Hoy, tenía casas propias, autos, esposa, amasia y aventuras. Pudo comprar el enorme anillo de oro con rubíes que perteneció a un juez, antecesor suyo y ya fallecido. Naco, lo que se dice naco, tampoco, pues tenía su árbol genealógico en donde se hacía constar que descendía de una antiguo rey indígena (olvidó por completo que él mandó hacer su genealogía a modo). Y no debía ser tan feo, pues muchas mujeres lo asediaban, que si no fuera por la amasia que lo controlaba tanto... Ella lo convenció de hacerse el tatuaje de Themis y ahora lo amenazaba con divulgarlo. Se trataba de una amenaza efectiva, no sólo por el tatuaje sino por el lugar de su cuerpo en que se encontraba.

Sin rodeos, cada día se miraba al espejo revestido con el hábito de la justicia, es decir, él se creía un hombre justo. Además, no tenía que presumir de su honestidad, pues la ley presumía que él, precisamente él, era un hombre honesto hasta que se demostrara lo contrario. Por esto, se le reveló el secreto sobre el mito de los juicios orales. Hernández se apoltronó en su sillón giratorio y reclinable. Se dispuso a leer el Diario Oficial y sonrió con malicia: se encontraba en un balcón del cielo y tenía a Dios de las barbas. Se inclinó para poder mirar a los pobres mortales y revelarles el secreto. Miró a través del amplio ventanal de su despacho. Antes se observaba un hermoso aspecto de la ciudad, hoy la fea construcción del anexo al palacio de justicia, el cual albergaría las salas de audiencias.

[Esta historia continuará]

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