El juez había escrito un libro sobre juicios orales y en
su fuero interno lo comparaba con el Código de Hammurabi. No tanto por el
contenido, cuanto por la inspiración divina. Pero sabía que -como el célebre e histórico Código- muy pocos lo habían
leído. Por esto, preparaba una nueva edición. Había que comenzar el relato con
la tradicional advertencia: Cualquier
parecido con personas o hechos reales es pura coincidencia. Y, en efecto,
así era, pues de aquí en adelante él intenta descubrir la función mítica que
tienen los juicios orales. La idea de destapar lo que estaba tapado o cubierto,
surge de la carencia de lectores. El juez pretendía atraer la atención del
ciudadano hacia su texto a partir del anuncio de la manifestación de un
secreto.
La revelación, esa manifestación de una verdad secreta u
oculta, se le presentó al viejo juez el 20 de junio de 2008. Ese día llegó a su
oficina y sobre el escritorio estaba el Diario
Oficial de la Federación. Sospechó su contenido, pues él era un hombre atento
a los noticieros. La nueva de interés había sido la Reforma Constitucional en materia de Seguridad Pública y Justicia Penal.
La crónica aún permanecía en la agenda de los medios de información, de donde
desaparecería velozmente como todas las cosas de ese mundo.
En un principio la oficina del juez había sido hermosa:
amplia, fresca (aún en los días más calurosos), elegante, con un enorme
escritorio de madera fina, una mesa de juntas (él hubiera deseado una sala de
juntas), un librero sobrio repleto de libros sobre derecho penal y procesal
penal. El juez presumía haberlos leído todos y quizás sí por sus noches de
insomnio. Le habían dado tantos remedios y sin embargo pasaba las noches en
vela, sin poder pegar un ojo.
¿Por qué se tenía que apellidar “Hernández”? Era un
apellido vulgar, el más común en la entidad federativa. No era adecuado a su
estirpe ni a su prosapia. Aunque reconocía que su persona reunía todas las características
del estereotipo criminal: varón feo, pobre y naco. Bueno, pobre, ya no, eso había sido en su infancia y juventud. Hoy, tenía
casas propias, autos, esposa, amasia y aventuras. Pudo comprar el enorme anillo
de oro con rubíes que perteneció a un juez, antecesor suyo y ya fallecido.
Naco, lo que se dice naco, tampoco, pues tenía su árbol genealógico en donde se
hacía constar que descendía de una antiguo rey indígena (olvidó por completo
que él mandó hacer su genealogía a modo). Y no debía ser tan feo, pues muchas
mujeres lo asediaban, que si no fuera por la amasia que lo controlaba tanto...
Ella lo convenció de hacerse el tatuaje de Themis y ahora lo amenazaba con
divulgarlo. Se trataba de una amenaza efectiva, no sólo por el tatuaje sino por
el lugar de su cuerpo en que se encontraba.
Sin rodeos, cada día se miraba al espejo revestido con el
hábito de la justicia, es decir, él se creía un hombre justo. Además, no tenía
que presumir de su honestidad, pues la ley presumía que él, precisamente él,
era un hombre honesto hasta que se demostrara lo contrario. Por esto, se le
reveló el secreto sobre el mito de los juicios orales. Hernández se apoltronó
en su sillón giratorio y reclinable. Se dispuso a leer el Diario Oficial y
sonrió con malicia: se encontraba en un balcón del cielo y tenía a Dios de las
barbas. Se inclinó para poder mirar a los pobres mortales y revelarles el
secreto. Miró a través del amplio ventanal de su despacho. Antes se observaba
un hermoso aspecto de la ciudad, hoy la fea construcción del anexo al palacio
de justicia, el cual albergaría las salas de audiencias.
[Esta historia continuará]

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