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| ¿Aún realizará milagros San Ivo, patrono de los abogados? |
El juez solía llegar entre dos y tres
de la mañana al hogar conyugal. La explicación que daba es que salía tarde de la oficina y que
después jugaba dominó con los amigos en una casa que tenían exprofeso para
ello. Allí tomaban una cena frugal o alguna botana. Podía narrar hasta diez
juegos diferentes y las acciones de sus adversarios para que no hubiera lugar
para la duda. Por esto, fue toda una sorpresa que aquel día llegara a las ocho
de la noche a la casa chica.
Lo recibió Ximena, su nieta. Vivía con ellos en Xalapa
desde que sus padres se fueron a vivir a Coatzacoalcos. La pregunta obvia: ¿No
fuiste a jugar hoy? El juez respondió con evasivas, pero terminó diciendo que
se sentía enfermo. Se negó a que llamaran al médico y no le gustaban los
remedios caseros. Afirmó que una buena cena y un poco de sueño serían la mejor
medicina.
La señora de la cocina se vio en aprietos, pues hacía
como diez años que en esa casa no se cenaba. Improvisó algo. La cena
transcurrió en silencio. Al término de la misma quedaron solamente en la mesa
el viejo juez y su nieta. Ella creyó que era el momento esperado y disparó su
pregunta a boca-de-jarro: ¿Hoy me contarás tu mejor caso? Lo único que sucedió
fue una confusión, pues el viejo orgulloso se derrumbó y con sincera humildad
contestó: <<Hace muchos años que no conozco un caso y los más lejanos no
los recuerdo>>.
Sintió que a su nieta le debía una explicación: los
juicios actuales no son inquisitorios…ni siquiera son juicios. Nos llega todo hecho. No tenemos que enterarnos de
nada. Solamente debemos plasmar la firma en el lugar que la quiere el
secretario o el proyectista. Estoy cierto que tampoco ellos conocen del caso.
Tal vez tengan noticia del contenido del expediente. Jamás lo leen completo…No tiene caso, es decir, el expediente
no contiene un caso. Esos pobres no
aprendieron ni a contar un cuento y el caso debe ser narrado.
No había ritual sino rutina burocrática. Nadie
reconstruía la historia. La semejanza con el quehacer de algunos
reporteros es notable. No reportan hechos sino declaraciones…entrevistas…y con
ello quieren formar a la opinión pública. Los jueces hacen otro tanto…la
confesión…dos o tres testimonios…y la sentencia…Con esto creen que persuaden a
la audiencia universal. ¡Qué digo! Si no hay audiencia. ..Ni siquiera la
imaginaria audiencia universal. Era muy poco lo que había dicho el juez
que ahora se veía que era un anciano. Los años se le vinieron encima en un
instante. La nieta no creía lo que escuchaba. Su héroe mostrando los pies de
barro. Pero, balbuceó, <<Y todo lo que se enseña en la escuela>>.
Sin hablar más, el juez contestó para su fuero interno: <<No sé qué te
hayan enseñado niña, yo solamente les cuento anécdotas>>.
Se despidió de la nieta con un beso en la frente. Llegó a la cama matrimonial y, después de quitarse la ropa exterior, se metió
en ella. Se durmió apenas puso la cabeza en la almohada. No le dijo nada a
Ximena sobre los agentes del Ministerio Público, los reales jueces de horca y
cuchillo. Sería tanto como confesar que en su quehacer cotidiano solamente era
un sirviente y no un servidor público, mucho menos un señor de la legalidad y de la justicia.
Durmió doce horas seguidas. Al día siguiente llegó tarde
al juzgado. Cuando el Secretario le pasó un montón de expedientes y se dispuso
a pasar hojas para que el juez firmara sin mayor molestia, quedó mudo de la
sorpresa, pues Hernández le dijo: “Regrese a su oficina, voy a leer los
casos, a revisar la narración de los hechos y a evaluar la argumentación”.
Quienes vieron regresar al secretario con las manos vacías y bamboleándose,
pensaron que otra vez había llegado borracho.
Clemencia se levantó de la mesa de juntas para tomar los
expedientes, pensó que a partir de ese día aumentaría su trabajo. El juez la
paró en seco. Después le pidió que se sentara frente a él. Fue directo al grano: “He notado
que el compañero juez del Juzgado Segundo la mira con buenos ojos. Así que la
puse a su disposición y aceptó en el acto. Recoja sus cosas y pase a ponerse a
sus órdenes". No hubo aspavientos. Ella no comprendía lo que le sucedía al
estúpido viejo, pero estaba loco si creía que la iba a sacar de la casa grande.
Menos ahora que se sabía embarazada. Aunque no se lo había dicho a Hernández. No
tenía la certeza de que él fuera el padre, pero haría todo lo posible por cargarle el "milagrito" al nuevo jefe.
A partir de ese día efectivamente Hernández, el viejo juez, comenzó a
trabajar en su oficina hasta muy altas horas de la noche.
"Hacéte amigo del juez / no le des de qué quejarse / y cuando quiera enojarse / vos te debés encoger / pues siempre es bueno tener / palenque ande ir a rascarse." (Martín Fierro)

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