martes, 18 de diciembre de 2012

La ponencia



El viejo juez jamás entendió por qué a su equipo de trabajo le llamaban “La ponencia”. Cuando él inició su carrera le dijeron “meritorio”, después “escribiente”, más tarde “secretario” (Con este último sobrenombre, agregaron “el señor”, es decir, se dirigían a él como “el señor secretario”) y siempre “Hernández”. En toda esa trayectoria su única amante y fiel compañera fue una máquina de escribir: la Remington 20. No se percató de que hubiera personal femenino en el juzgado, pese a las dos ancianas que agradecían conmovidas una sonrisa que no les dirigió.

Hernández presumía que había iniciado su carrera con el Magistrado. Un hombre afamado por su facilidad para dirimir controversias. En diversos momentos fue llamado para ocupar el cargo de asesor jurídico del gobernador del Estado, pero siempre retornaba a la Magistratura. Según Hernández el Magistrado no sabía expresarse, pues usaba una variedad de muletillas: “este”, “como se llama”, “cómo se dice”. A pesar de su pequeñez, a su juicio era un ser insignificante, que había arribado al cargo por sus relaciones políticas. A pesar de ello, le impartió un regular curso de derecho procesal penal.

Dentro de sus clases en la Facultad de Derecho, el Magistrado le había explicado el proceso penal inquisitorio y el proceso penal acusatorio.  Ya en aquel entonces se decía que en Veracruz y en México se había adoptado el proceso penal acusatorio. La Inquisición era cosa de un pasado colonial y, antes que eso, medieval. La Inquisición nació en los tiempos de los herejes y las brujas. Hoy en día, ¿Quién podía creer en las brujas? Estaba seguro de que en la obscuridad de la noche nadie se percató de que se ruborizó. Él sintió el calor que le subió a la cara, ya que apenas hacía dos días que una de aquellas le había tronado el “empacho”. Todo su mal se originó en que quiso repetir una experiencia estudiantil e hizo que su ponencia pagara las tortas. Estaba seguro que le querían mucho, pues compraron tortas como para todo el año y él comió a lo bestia. La única diferencia fue que en sus años mozos acompañaba su glotonería con pulque, hoy tomó una bebida gaseosa.

Cuando él, gracias a las influencias del Magistrado, comenzó a impartir clases cayó en la cuenta de que a los alumnos, esos flojos que querían hacer cualquier cosa menos estudiar, les encantaba que el profesor contara anécdotas y su vida era un anecdotario que alguna vez escribiría para beneficio de la humanidad. Pero, en cierta ocasión un impertinente le pidió que narrara al grupo alguno de sus casos más importantes. En el acto descubrió que no recordaba ninguno, los casos eran asuntos de la ponencia. Él solamente firmaba junto a la cruz que ponía el escribiente en el grueso expediente. Hizo mofa del alumno que le había lanzado el “torito” y contó un chiste: “En cierta ocasión Pepito…”

[Esta historia continuará]

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