miércoles, 26 de diciembre de 2012

El paseo de Los Berros


 

El origen del Paseo de los Berros es muy antiguo, debe su nombre a una planta comestible que crecía cerca de una charca formada por las corrientes de las aguas que descendían de los montes circundantes (localizados en las actuales calles Miguel Hidalgo y Diego Leño). Al principio el lugar sirvió como potrero y plaza de armas.

Lo que hoy se conoce como El Parque de Los Berros se construyó durante el gobierno de Juan de la Luz Enríquez. En 1911 fue ampliado por el gobernador León Aillaud. En 1953, en su entrada, se instaló una estatua de Miguel Hidalgo y Costilla; también se colocaron una más en memoria del poeta Salvador Díaz Mirón (quién habitó en la Quinta Rosa, enfrente del parque sobre la calle Hidalgo) y otra de la poetisa tlacotalpeña Josefa Murillo.

En el Paseo de los Berros fue donde sus manos se entrelazaron por vez primera, ocurrió de manera natural. Ximena recordó la construcción casi poética de un versador de Alvarado y que le gustaban recitar a su abuelo: “La carta que te escribí / me dicen que te la hallaron / fue como decir así / que fue plan que nos formaron / que yo para ti nací / y a ti para mí te criaron.” Fernando sorprendió su sonrisa burlona.

—Y, con ese gesto tan característico en él que le hacía fruncir el ceño, preguntó: <<¿Pasa algo?>>.

—Ella contestó: <<Nada. Solamente recordaba unos versos que solía recitar mi abuelo>>.

—Él volvió a cuestionar: <<¿Los puedo conocer?>>.

—Con una coquetería inusual en ella, replicó: <<Ya se verá, ya se verá, ya se verá>>.

En Xalapa, el Paseo de los Berros ante todo y sobre todo significa tradición, es decir, seguridad. Simboliza todo aquello que se da por garantizado en la sociedad xalapeña. Ximena recibió esa transmisión a través de la mano de su abuelo. Levantaba su mirada de niña y lo veía inmenso y apretaba su también inmensa mano para sentirse más segura. Cuando se subía al pony, que era la alegría de los niños, el abuelo tenía que caminar a un lado. De lo contrario ella sentía deseos de llorar.

Hoy caminaba de la mano de Fernando, una mano que sólo le producía incertidumbre. Iba de la mano de un hombre de estos tiempos. El Parque de los Berros se transformaba para significar ya no tradición sino utopía. La hermosa arboleda es  o parece ser el escenario de aquella antigua película americana protagonizada por Charlton Hestón, Cuando el destino nos alcanza. El símil se hacía mayor porque su abuelo le compraba un algodón de azúcar; en cambio Fernando solía comprar “galletitas”  Este Parque es el camino obligado al centro del saber universitario. Un saber convertido en amenaza. Los egresados de la Universidad Veracruzana representaban competencia en el empleo.

Al pasar frente a la casa que habitó Salvador Díaz Mirón, recordó su poesía A gloria, un poema que parecía escrito para definir su relación con Fernando en los inicios. El lío y la incertidumbre que le agobiaban estaban descritos en los primeros y en los últimos versos, pues  cuando trataba el tema de los juicios orales, todo el discurso de Fernando se resumía en los primeros versos: No intentes convencerme de torpeza / con los delirios de tu mente loca: / mi razón es al par luz y firmeza, firmeza y luz como el cristal de roca.

Sin embargo, los últimos versos eran una loza que aplastaba sus metas y sus ilusiones profesionales. Aquellas que finalmente pudo compartir con su abuelo. Cada vez que ella platicaba sobre su deseo fundamental de ser una defensora pública, entonces el discurso de Fernando se sintetizaba de este modo: ¡Confórmate, mujer! Hemos venido / a este valle de lágrimas que abate, / tú, como paloma, para el nido, / y yo, como el león, para el combate.

Ximena enfrentaba el mismo dilema de su abuela. Optar por el ejercicio profesional de la abogacía o dedicarse a las labores del hogar. Su abuela se había rendido ante el segundo brazo del dilema. Ximena estaba hecha un lío. Reconocía que se había despertado su instinto maternal. Quería una casa sencilla de una sola planta con su sala-comedor, su cocina, un garaje para dos autos, dos baños y medio, tres recámaras, un estudio y, sobre todas las cosas, un jardín en donde pudieran juguetear sus dos hijos. Allí su esposo y ella podrían transmitirles la alegría de vivir.

Sin embargo, según ella, nada de esto le impedía realizar su vida profesional. Lograría una oficina en el Instituto de la Defensoría Pública. Se organizaría adecuadamente para preparar sus casos. Sabría darse el tiempo para asistir a las audiencias e impediría que se victimizara a los imputados o acusados por un delito. Sabía que Fernando se opondría a esto, pero ella no se rendía fácilmente y también sabría encontrar el equilibrio que lo conjugara todo. No cabía la menor duda de que aquel día en el Paseo de los Berros rondaba el espíritu conservador de Díaz Mirón, pues Fernando le dijo algo y ella entendió que le decía: ¡Depón el ceño y que tu voz me arrulle! / ¡Consuela el corazón del que te ama! / Dios dijo al agua del torrente <<¡bulle!>> ; / y al río de la margen: <<¡embalsama!>>.

El pensamiento de Fernando Molina estaba dominado por la política. No por la política en general sino por la política criminal. Su corazón atormentado había encontrado en la mujer que llevaba de la mano el bálsamo que curaba sus heridas y le animaba de nueva cuenta a soñar. Era necesario acabar con los malos. Aquellos que explotaban a los trabajadores y que hoy consideraban que eran cosas desechables. Se trataba sin duda de la más grave manifestación del crimen organizado: los poderes salvajes que avasallaban este mundo. El haría el trabajo desde su trinchera, la Agencia del Ministerio Público. Él no pensaba en la cursilería del matrimonio, convencido que era algo desechable, pero sí en formar pareja. Convencería a Ximena de que le acompañara en su proyecto de vida. Otros versos de Salvador Díaz Mirón describían bien el estado de su espíritu alterado, utópico:

ASONANCIAS

Sabedlo, soberanos y vasallos,
próceres y mendigos:
nadie tendrá derecho a lo superfluo
mientras alguien carezca de lo estricto.

Lo que llamamos caridad y ahora
es sólo un móvil íntimo,
será en un porvenir lejano o próximo
el resultado del deber escrito.

Y la Equidad se sentará en el trono
de que huya el Egoísmo,
y a la ley del embudo, que hoy impera,
sucederá la ley del equilibrio.

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[Esta historia continuará]

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