sábado, 22 de diciembre de 2012

Fractura de la confianza



Hernández, el viejo juez, no pertenece a la generación digital. Él soñó  y sueña con ser un actor del cambio para bien en México. El problema fue y es que sueña solo. En sus años de juventud conoció la frase célebre de Helder Cámara y la ignoró absolutamente: “Cuando sueñas solo, sólo es un sueño; cuando sueñas con otros, es el comienzo de la realidad.” Esta noche, como muchas noches, soñaba solo y únicamente envidiaba a Clemencia que dormía a pierna suelta.

Ellos convivían o, mejor dicho, mal-vivían en la casa grande, pero no soñaban juntos. Él se sabía utilizado, pero se sentía seguro e ignoraba absolutamente que había que hacer frente a una sociedad de altísimo riesgo, es decir tenía que encarar continuamente a una enorme peligrosidad que es la consecuencia directa de la misma modernización y del avance tecnológico que ésta impone en todos los sectores de la existencia humana. La verdad sea dicha, al juez le dominaban la indiferencia y el aburrimiento. ¡Veracruz una sociedad de altísimo riesgo! Nadie le había dicho que era una sociedad global (mundial), pues el mundo se había empequeñecido.

A Hernández, durante sus años de juventud, casi lo convencieron las ideas del uso alternativo del derecho, ideas que escuchó en Xalapa, Veracruz (México) de boca de Eduardo Novoa Monreal. En sus años mozos leyó El Derecho como obstáculo al cambio social, obra del mismo profesor chileno. Pero, prefirió aferrarse a la andanada de textos que surgieron en contra de aquel libro y al amparo de considerar al derecho no como un obstáculo sino como un factor del progreso o del desarrollo social. A medida que fue desplazándose dentro del Poder Judicial se fueron extinguiendo sus aspiraciones de revolucionario y hasta de reformador. El sistema lo había cooptado.

Levantó la mirada y observó la luna llena, sintió deseos de aullarle como decían que le aúllan los hombres-lobo: “Hondas transformaciones en los modelos de comunicaciones y en las relaciones humanas”. Mentís, nada ha cambiado, todo sigue igual. Se mesaba los pocos cabellos que le quedaban con desesperación, le había caído sobre su memoria –como un balde de agua fría‒ el siguiente texto de Benedicto XVI, el Papa de la Iglesia Católica:

En efecto, las nuevas tecnologías digitales están provocando hondas transformaciones en los modelos de comunicación y en las relaciones humanas. Estos cambios resaltan más aún entre los jóvenes que han crecido en estrecho contacto con estas nuevas técnicas de comunicación y que, por tanto, se sienten a gusto en el mundo digital, que resulta sin embargo menos familiar a muchos de nosotros, adultos, que hemos debido empezar a entenderlo y apreciar las oportunidades que ofrece para la comunicación.

El viejo juez no era afecto a las cosas religiosas, pero tampoco era un “come-curas”. En su juventud escuchó mencionar a ciertos personajes religiosos que hicieron cosas extrañas, por ejemplo, Monseñor Helder Cámara, Sacerdote brasileño. Fue reconocido internacionalmente por su compromiso con los pobres, su prédica por la liberación de los pueblos y su trabajo en favor de la paz. Fue un obispo que creía que era posible conmover a los empresarios, esos vampiros de la economía. Sergio Méndez Arceo fue otro caso. Él fue un prelado mexicano, ordenado en 1934, que realizó sus estudios en la Universidad Gregoriana de Roma. Siendo Obispo de la Diócesis de Cuernavaca, Morelos, se ganó el mote del “obispo rojo”. Trabajó intensamente en favor de la población marginada de México.

Esa noche obscura en la cual la luna parecía una esfera navideña colgada del cielo, a quien se consideraba a sí mismo como un hombre justo le invadió un sentimiento profundo de incertidumbre. Se sintió desgarrado, despellejado, el cambio de piel era doloroso. No, no era solamente un cambio de piel sino un cambio de época, había dado un paso hacia la postmodernidad. Necesitaba contar a sus alumnos y a su nieta los casos, importantes o no era lo de menos, que él había sentenciado. No obstante, por más que buscaba en su memoria no encontraba ninguno. Como tantos otros, también él había traicionado la ritualidad. Se había cerrado como un ostión.

Sobre el buró estaba el libro de Jesús Zamora Pierce Juicio Oral, Utopía y Realidad. Con la lectura de esta obra breve se había convencido de que la Reforma Penal de 2008 no significaba un cambio de un sistema inquisitorio a un sistema acusatorio sino quería decir otra cosa. Otra vez se le revelaba el secreto y debía compartirlo antes de que fuera demasiado tarde. Antes de que en Veracruz el sistema de justicia penal se pusiera en funcionamiento. De pronto, había perdido la confianza en las instituciones. Más intenso aún, ya no se fiaba de nadie y de sí mismo menos que de nadie.

[Esta historia continuará]

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