Hernández, el viejo juez, no pertenece a la generación digital. Él soñó y sueña con ser un actor del cambio para bien
en México. El problema fue y es que sueña
solo. En sus años de juventud conoció la frase célebre de Helder Cámara y
la ignoró absolutamente: “Cuando
sueñas solo, sólo es un sueño; cuando sueñas con otros, es el comienzo de la
realidad.” Esta noche, como muchas noches, soñaba solo y únicamente envidiaba a
Clemencia que dormía a pierna suelta.
Ellos convivían o, mejor dicho, mal-vivían en la casa grande, pero no soñaban juntos. Él se sabía
utilizado, pero se sentía seguro e
ignoraba absolutamente que había que hacer frente a una sociedad de altísimo
riesgo, es decir tenía que encarar continuamente a una enorme peligrosidad que
es la consecuencia directa de la misma modernización y del avance tecnológico
que ésta impone en todos los sectores de la existencia humana. La verdad sea
dicha, al juez le dominaban la indiferencia y el aburrimiento. ¡Veracruz una
sociedad de altísimo riesgo! Nadie le había dicho que era una sociedad global
(mundial), pues el mundo se había empequeñecido.
A Hernández, durante sus años de juventud, casi lo
convencieron las ideas del uso alternativo del derecho, ideas que escuchó en
Xalapa, Veracruz (México) de boca de Eduardo Novoa Monreal. En sus años mozos
leyó El Derecho como obstáculo al cambio
social, obra del mismo profesor chileno. Pero, prefirió aferrarse a la
andanada de textos que surgieron en contra de aquel libro y al amparo de
considerar al derecho no como un obstáculo sino como un factor del progreso o
del desarrollo social. A medida que fue desplazándose dentro del Poder Judicial
se fueron extinguiendo sus aspiraciones de revolucionario y hasta de reformador.
El sistema lo había cooptado.
Levantó la mirada y observó la luna llena, sintió deseos de
aullarle como decían que le aúllan los hombres-lobo: “Hondas transformaciones
en los modelos de comunicaciones y en las relaciones humanas”. Mentís, nada ha
cambiado, todo sigue igual. Se mesaba los pocos cabellos que le quedaban con
desesperación, le había caído sobre su memoria –como un balde de agua fría‒ el
siguiente texto de Benedicto XVI, el Papa de la Iglesia Católica:
En efecto, las nuevas tecnologías digitales están provocando
hondas transformaciones en los modelos de comunicación y en las relaciones
humanas. Estos cambios resaltan más aún entre los jóvenes que han crecido en
estrecho contacto con estas nuevas técnicas de comunicación y que, por tanto,
se sienten a gusto en el mundo digital, que resulta sin embargo menos familiar
a muchos de nosotros, adultos, que hemos debido empezar a entenderlo y apreciar
las oportunidades que ofrece para la comunicación.
El viejo juez no era afecto a las cosas religiosas, pero tampoco
era un “come-curas”. En su juventud escuchó mencionar a ciertos personajes
religiosos que hicieron cosas extrañas, por ejemplo, Monseñor Helder Cámara, Sacerdote brasileño. Fue reconocido internacionalmente
por su compromiso con los pobres, su prédica por la liberación de los pueblos y
su trabajo en favor de la paz. Fue un obispo que creía
que era posible conmover a los empresarios, esos vampiros de la economía. Sergio
Méndez Arceo fue otro caso. Él fue un prelado mexicano, ordenado en 1934, que
realizó sus estudios en la Universidad Gregoriana de Roma. Siendo Obispo de la
Diócesis de Cuernavaca, Morelos, se ganó el mote del “obispo rojo”. Trabajó
intensamente en favor de la población marginada de México.
Esa noche obscura en la cual la luna parecía una esfera navideña colgada del cielo, a quien se consideraba a sí mismo como un
hombre justo le invadió un sentimiento profundo de incertidumbre. Se sintió
desgarrado, despellejado, el cambio de piel era doloroso. No, no era solamente
un cambio de piel sino un cambio de época, había dado un paso hacia la
postmodernidad. Necesitaba contar a sus alumnos y a su nieta los casos,
importantes o no era lo de menos, que él había sentenciado. No obstante, por
más que buscaba en su memoria no encontraba ninguno. Como tantos otros, también
él había traicionado la ritualidad. Se había cerrado como un ostión.
Sobre el buró estaba el libro de Jesús Zamora Pierce Juicio Oral, Utopía y Realidad. Con la
lectura de esta obra breve se había convencido de que la Reforma Penal de 2008 no significaba un cambio de un sistema
inquisitorio a un sistema acusatorio sino quería decir otra cosa. Otra vez se
le revelaba el secreto y debía compartirlo antes de que fuera demasiado tarde.
Antes de que en Veracruz el sistema de justicia penal se pusiera en
funcionamiento. De pronto, había perdido la confianza en las instituciones. Más
intenso aún, ya no se fiaba de nadie y de sí mismo menos que de nadie.
[Esta historia continuará]

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