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| La constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo |
Ximena Hernández Méndez, 19 años, estudiante de leyes,
aun cuando su ocupación principal consistía en ser adoratriz de su abuelo. Ella
era alta, 1.85 m., atractiva, pero no bonita (no tuvo a quien salir), morena,
ojos negros. Una mujer resuelta a conseguir que el reino del derecho fuera una realidad social. Veía en el viejo
juez un ejemplo a seguir.
Se aproximó con naturalidad al Sistema de Justicia
Penal nuevo. Aún no lo ponían en funcionamiento y ni siquiera lo enseñaban en
la Facultad de Derecho, pero ella tomó un Diplomado sobre el tema. En ese curso
comprendió cabalmente los desafíos, principalmente dos: uno, las promesas de
contar con procesos judiciales públicos y transparentes, promesas que se han
hecho con la reforma constitucional en materia de Justicia penal de 2008; y, otro,
la expectativa de alcanzar mayores niveles de eficacia y eficiencia en la
procuración y administración de justicia.
A Ximena le gustaba pensar en las novedades que traía el
Sistema de Justicia Penal. En el proceso penal acusatorio y oral se
distinguen claramente las funciones de investigación y de juicio. El juez en
este sistema –y al recordar esto imaginaba a su abuelo‒ ejerce un importante
control sobre las autoridades encargadas de la investigación, lo cual da lugar
a que existan etapas del procedimiento que no son consideradas por el sistema
tradicional. El acusado debe ser escuchado a lo largo de todo el procedimiento,
incluyendo la investigación, teniendo derechos muy amplios para su defensa. La
prisión preventiva será una medida cautelar de carácter excepcional. El proceso
acusatorio será predominantemente oral y se desarrollará en audiencias concentradas
y continuas.
La nieta del viejo juez tenía una profunda coincidencia
con él. Estaba convencida de que los juicios orales tenían una esencia teatral.
De niña soñó con ser actriz y muy pronto su sueño sería una realidad. Ya se
veía en el foro participando en el esclarecimiento de los hechos, en la
protección al inocente, en la procuración de que el culpable no quedara impune
y cuidando que los daños causados por el delito se reparen. Ella representaría
el roll de defensora. Su corazón generoso la llevaba hacia el Instituto
de la Defensoría Pública. Sabía que era una mujer de carácter y defendería con
ahínco a quien más lo necesitara.
Quedó dicho que Ximena adoraba a su abuelo y no
comprendía porque la abuela y su madre le precavían, convencidas de que no era
un buen hombre. Pero, pensaba, si es el hombre de la justicia, un sacerdote
de la legalidad. Aun recordaba la máxima de Ulpiano: Justicia es la constante y
perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo. En donde el “dar” comprendía el
hacer o el no-hacer y el “a cada uno” debería entenderse literalmente, a cada
uno con su nombre y apellidos (no a colectivos). Finalmente, “lo suyo” aludía a
los derechos de cada cual. Su abuelo era un hombre justo.
[Esta historia continuará]
[Esta historia continuará]

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