viernes, 11 de enero de 2013

El abrazo mortal de la mentira


Fernando Molina viajaba en el autobús de primera clase rumbo a la ciudad de México para hacer los trámites de su beca. Estaba contento ante la posibilidad de hacer estudios en España, pero no podía ocultar cierta preocupación, pues la facilidades que encontró indicaban que alguien tenía mucho interés en que se fuera del país, por algún tiempo al menos. Por esto, se cuestionaba: <<¿Premio o castigo?>>.

Con algunas dificultades logró abrir un poco la cortina de la ventanilla y contemplar un paisaje árido como sus pensamientos, ya había rebasado los límites de Veracruz en donde toda la vegetación es exuberante. Esto le hizo recordar la exuberancia de su novia, quien no estaba de acuerdo con que él se fuera a estudiar tan lejos. Primero le amenazaba con el conocido dicho, “Amor de lejos… amor de cuatro” y se reía con esa risa franca que la hacía tan atractiva a pesar de no ser muy bonita. Después, le amenazó con alcanzarlo y parecía dispuesta a hacerlo y él la creía plenamente capaz porque la única ancla poderosa era la perspectiva de concluir la carrera de Licenciado en Derecho.

Poco a poco Ximena se fue quedando atrás y Fernando comenzó a recordar el último artículo que había leído cuyo título es “El abrazo mortal de la mentira” y que encontró en [Re] pensar a Bobbio, un libro coordinado por Lorenzo Cordoba Vianello y Pedro Salazar Ugarte.

 El libro comenzaba por una pregunta ¿El siglo XXI traerá consigo el fin de la democracia? La prodigiosa memoria de Fernando le permitió reproducir el planteamiento de este artículo:

La pregunta es radical, quizá brutal, más no es, o por lo menos no quiere ser una mera provocación intelectual o una profecía. Hoy, unos diez años después de las conclusiones optimistas de Samuel Huntington sobre la tercera ola de la democracia, esta forma de gobierno parece estar realmente en peligro, al tener frente a sí desafíos que parecen exaltar, volviéndolos a poner en auge, los imperecederos argumentos en su contra que hallamos eficazmente resumidos en Hobbes, pero se remontan a Platón, vale decir, casi a los orígenes de la filosofía y de la filosofía política. Por una parte, digámoslo claro, incluso entre los demócratas sinceros vuelve a insinuarse la duda sobre la superioridad de la forma de vida de gobierno democrática: la democracia aparece cada vez más como un régimen fácilmente corruptible, inerme ante los demagogos mediáticos hábiles en seducir con promesas siempre novedosas a los ciudadanos, capaces de eludir las instituciones y sus procedimientos, logrando finalmente volverse políticamente irresponsables de las consecuencias de sus decisiones, incluyendo las de corto plazo. Por otra parte, la democracia es acusada por los mismos demagogos de ser lenta e incierta en el decidir: su transparencia y sus vínculos procedimentales, su ser poder público en público, vuelve débil y torpe al Estado, tanto frente a la competencia económica global como ante sus enemigos internos y externos, ya que la publicidad hace que su acción además de lenta sea muy previsible, y por ende fácilmente neutralizable.

Fernando al leer esto no pudo prestarle atención a otra cosa que no fueran los juicios orales. La última manifestación democrática en México y, por lo tanto, en Veracruz.

Fernando se consideraba un demócrata sincero y se había convencido que el gobierno democrático no era el mejor, pero sí el menos malo. También se había percatado de que era un gobierno del pueblo, pero no para el pueblo. Al menos así se había manifestado en su entorno. Si la lectura se cuestionaba sobre el fin de la democracia, él se preguntaba sobre la probabilidad de la existencia de los juicios orales auténticos, porque sabía muy bien sobre la inautenticidad (falsedad) de los juicios orales. Podían inaugurar con bombo y platillo el proceso penal acusatorio y oral y lograr que en los hechos las cosas sigan igual, marcando otro triunfo de la cultura inquisitiva (Caramba, cómo lo había cambiado Ximena, pues hacía muy poco que estaba enteramente de acuerdo con la inquisición).

O, tal vez no había sido ella quien lo había convertido, sino el movimiento de Las serpientes. Fue invitado por Julio, apodado la “Momia” (por homonimia con un famosos jugador de futbol, integrante del equipo campeón dentro del torneo mundial juvenil), para impartir una charla a su grupo de amigos. Se trataba del hijo de la cocinera de la casa de Doña Sara. Desde la invitación hasta la impartición de su charla fue saltando de sorpresa en sorpresa. El lugar para la exposición es un pequeño teatro al aire libre, ubicado en el parque de los Tecajetes (en Xalapa). El nombre del movimiento estaba inspirado en el antiguo, prehispánico fervor a las serpientes (recuérdese a Quetzalcoatl, la serpiente emplumada) y en una frase del evangelio cristiano: “Sed astutos como serpientes y prudentes como palomas”.

Los muchachos y muchachas del grupo eran jóvenes de escuela y Julio, la “Momia, le había pedido que hablara de los juicios orales. Previo a su participación los chavos representaron una obra que consistía en la simulación de un juicio oral. El acusado era, nada más y nada menos, que Antonio López de Santana, se trataba de que el juez debía decidir si el insigne xalapeño en realidad fue un traidor a la patria o no fue tal. Tanto la acusación como la defensa habían efectuado sendas investigaciones sobre el tema. La acusación presentó su caso y las pruebas relacionadas (textos de libros y testimonios de distinguidos maestros de la localidad). La defensa hizo lo propio, pero de manera excelente. El juez absolvió al acusado.

Al término de la representación, le dieron la palabra. Su auditorio no era mayor de 12 personas, pero se notaba que se querían como verdaderos amigos. Todos estuvieron muy atentos. Le hicieron muchas y diversas preguntas y al final entablaron un diálogo que duró más de dos horas. No escuchó en ese tiempo sonar un celular. Fernando fue testigo de que estaba naciendo una sociedad nueva y diferente en los lugares más insospechados. Le platicaron que otros amigos se reunían en el “Cerro” (se referían al parque ecológico del Macuiltepec de Xalapa, que también tiene su pequeño teatro al aire libre). El viejo juez tenía razón la teatralidad es connatural al ser humano.

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