Fernando Molina viajaba en el autobús de primera clase
rumbo a la ciudad de México para hacer los trámites de su beca. Estaba contento
ante la posibilidad de hacer estudios en España, pero no podía ocultar cierta preocupación,
pues la facilidades que encontró indicaban que alguien tenía mucho interés en
que se fuera del país, por algún tiempo al menos. Por esto, se cuestionaba:
<<¿Premio o castigo?>>.
Con algunas dificultades logró abrir un poco la cortina
de la ventanilla y contemplar un paisaje árido como sus pensamientos, ya había
rebasado los límites de Veracruz en donde toda la vegetación es exuberante.
Esto le hizo recordar la exuberancia de su novia, quien no estaba de acuerdo
con que él se fuera a estudiar tan lejos. Primero le amenazaba con el conocido
dicho, “Amor de lejos… amor de cuatro” y se reía con esa risa franca que la
hacía tan atractiva a pesar de no ser muy bonita. Después, le amenazó con
alcanzarlo y parecía dispuesta a hacerlo y él la creía plenamente capaz porque la única ancla poderosa era la perspectiva de concluir la
carrera de Licenciado en Derecho.
Poco a poco Ximena se fue quedando atrás y Fernando
comenzó a recordar el último artículo que había leído cuyo título es “El abrazo
mortal de la mentira” y que encontró en [Re]
pensar a Bobbio, un libro coordinado por Lorenzo Cordoba Vianello y Pedro
Salazar Ugarte.
El libro comenzaba
por una pregunta ¿El siglo XXI traerá consigo el fin de la democracia? La
prodigiosa memoria de Fernando le permitió reproducir el planteamiento de este
artículo:
La pregunta es radical, quizá brutal, más no es, o por lo
menos no quiere ser una mera provocación intelectual o una profecía. Hoy, unos
diez años después de las conclusiones optimistas de Samuel Huntington sobre la
tercera ola de la democracia, esta forma de gobierno parece estar realmente en
peligro, al tener frente a sí desafíos que parecen exaltar, volviéndolos a
poner en auge, los imperecederos argumentos en su contra que hallamos
eficazmente resumidos en Hobbes, pero se remontan a Platón, vale decir, casi a
los orígenes de la filosofía y de la filosofía política. Por una parte,
digámoslo claro, incluso entre los demócratas sinceros vuelve a insinuarse la
duda sobre la superioridad de la forma de vida de gobierno democrática: la
democracia aparece cada vez más como un régimen fácilmente corruptible, inerme
ante los demagogos mediáticos hábiles en seducir con promesas siempre novedosas
a los ciudadanos, capaces de eludir las instituciones y sus procedimientos,
logrando finalmente volverse políticamente irresponsables de las consecuencias
de sus decisiones, incluyendo las de corto plazo. Por otra parte, la democracia
es acusada por los mismos demagogos de ser lenta e incierta en el decidir: su
transparencia y sus vínculos procedimentales, su ser poder público en público, vuelve débil y torpe al
Estado, tanto frente a la competencia económica global como ante sus enemigos
internos y externos, ya que la publicidad hace que su acción además de lenta sea
muy previsible, y por ende fácilmente neutralizable.
Fernando al leer esto no pudo prestarle atención a otra
cosa que no fueran los juicios orales. La última manifestación democrática en
México y, por lo tanto, en Veracruz.
Fernando se consideraba un demócrata sincero y se había
convencido que el gobierno democrático no era el mejor, pero sí el menos malo.
También se había percatado de que era un gobierno del pueblo, pero no para el
pueblo. Al menos así se había manifestado en su entorno. Si la lectura se
cuestionaba sobre el fin de la democracia, él se preguntaba sobre la
probabilidad de la existencia de los juicios orales auténticos, porque sabía
muy bien sobre la inautenticidad (falsedad) de los juicios orales. Podían
inaugurar con bombo y platillo el proceso penal acusatorio y oral y lograr que
en los hechos las cosas sigan igual, marcando otro triunfo de la cultura inquisitiva (Caramba, cómo lo
había cambiado Ximena, pues hacía muy poco que estaba enteramente de acuerdo
con la inquisición).
O, tal vez no había sido ella quien lo había convertido,
sino el movimiento de Las serpientes.
Fue invitado por Julio, apodado la “Momia” (por homonimia con un famosos
jugador de futbol, integrante del equipo campeón dentro del torneo mundial
juvenil), para impartir una charla a su grupo de amigos. Se trataba del hijo de
la cocinera de la casa de Doña Sara. Desde la invitación hasta la impartición
de su charla fue saltando de sorpresa en sorpresa. El lugar para la exposición
es un pequeño teatro al aire libre, ubicado en el parque de los Tecajetes (en
Xalapa). El nombre del movimiento estaba inspirado en el antiguo, prehispánico fervor
a las serpientes (recuérdese a Quetzalcoatl, la serpiente emplumada) y en una
frase del evangelio cristiano: “Sed astutos como serpientes y prudentes como
palomas”.
Los muchachos y muchachas del grupo eran jóvenes de
escuela y Julio, la “Momia, le había pedido que hablara de los juicios orales.
Previo a su participación los chavos representaron una obra que consistía en la
simulación de un juicio oral. El acusado era, nada más y nada menos, que
Antonio López de Santana, se trataba de que el juez debía decidir si el insigne
xalapeño en realidad fue un traidor a la patria o no fue tal. Tanto la acusación
como la defensa habían efectuado sendas investigaciones sobre el tema. La acusación
presentó su caso y las pruebas relacionadas (textos de libros y testimonios de
distinguidos maestros de la localidad). La defensa hizo lo propio, pero de
manera excelente. El juez absolvió al acusado.
Al término de la representación, le dieron la palabra. Su
auditorio no era mayor de 12 personas, pero se notaba que se querían como
verdaderos amigos. Todos estuvieron muy atentos. Le hicieron muchas y diversas
preguntas y al final entablaron un diálogo que duró más de dos horas. No
escuchó en ese tiempo sonar un celular. Fernando fue testigo de que estaba
naciendo una sociedad nueva y diferente en los lugares más insospechados. Le
platicaron que otros amigos se reunían en el “Cerro” (se referían al parque
ecológico del Macuiltepec de Xalapa, que también tiene su pequeño teatro al
aire libre). El viejo juez tenía razón la
teatralidad es connatural al ser humano.

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