Apocalipsis de “Hernández”
Ximena no tenía el hábito de beber licor. Sin embargo, la
ocasión lo ameritaba. Así que tomó una botella de coñac que su abuelo, el viejo
juez, había dejado a medias, y se sirvió una copa para disponerse a leer el
documento del cual era legítima heredera. Primero el mensaje, unas palabras de
cariño y luego una explicación breve de cómo aprendió a utilizar las
herramientas de Word. Después abrió el documento y esto fue lo que encontró:
APOCALIPSIS DE HERNÁNDEZ
1.- Yo, Gabriel
Hernández Trujillo, Juez Penal de Primera Instancia, en pleno uso de mis
facultades mentales, he tenido una visión de la realidad que el común de los ciudadanos no alcanza a distinguir y siento el deber de hacer esta revelación. En
efecto, es cosa de otro mundo, pero
es una realidad que se descubrió en un encuentro con mi conciencia.
Si alguien quiere poner en duda esta revelación, entonces
le recuerdo la tragedia de Sófocles denominada Antígona. En particular aquellas palabras que la protagonista
dirige a Kreón:
Es que Zeus no ha hecho esas leyes, ni la Justicia que
tiene su trono en medio de los dioses inmortales. Yo no creía que tus edictos
valiesen más que las leyes no escritas e inmutables de los dioses, puesto que
tú eres tan sólo un simple mortal. Inmutables son, no de hoy ni de ayer; y
eternamente poderosas; y nadie sabe cuándo nacieron. No quiero yo, por
miedo a las órdenes de un solo hombre,
merecer el castigo divino. Ya sabía que un día debo morir —¿cómo ignorarlo?—
aun sin tu voluntad; y si muero prematuramente, ¡oh! será para mí una gran
fortuna. Para los que como yo, viven entre miserias innumerables, la muerte es
un bien…
La mejor interpretación que encontré de esta obra no es
la que opone, oposición contradictoria, el derecho positivo y el derecho
natural sino aquella que observa una oposición entre el derecho positivo y la
conciencia de Antígona. Hoy, prefiero hablar no del derecho positivo sino del
texto de la ley y mi conciencia o, lo que es igual, aquello que debo revelar es
fruto de la interpretación de los hechos y del texto de la ley, guardando las debidas proporciones.
1.1.- Con frecuencia dije que los juicios orales son puro teatro. En lo que sigue el lector encontrará la razón
de mi dicho. La palabra clave de ese dicho es “teatro”. Sin embargo, el
instrumento que disparó la revelación fue una lectura operando sobre los hechos
de una prolongada experiencia, más de treinta años en la judicatura:
…Hic et nunc, el ser humano como tal es lo que es en
función de los diversos nexos comunicativos que puede llegar a establecer y
mantener. De aquí se desprende que la relacionalidad constituye la signatura
específica de la presencia del ser humano en su mundo cotidiano [...] En este contexto, sería conveniente no olvidar
que la patologización de lo humano, tanto a nivel individual como colectivo,
acostumbra a producirse siempre que tiene lugar la interrupción más o menos
abrupta de la comunicabilidad: entonces la relacionalidad como forma genuina de
presencia del ser humano en el mundo se echa a
perder [...] Lo que designamos con la expresión <<vida
cotidiana>> no es sino el ejercicio cotidiano de la relacionalidad
comunicativa propia del hombre, el cual de esta manera <<se
presenta>> y <<se representa>>sobre el escenario del gran
<<teatro del mundo>>. En efecto, parece harto evidente que toda
representación resulta operativa en donde se da una forma u otra de comunicación
y de acción relacional. El hombre es inevitablemente un <<ser
teatral>>.
La chispa que iluminó los acontecimientos es la
referencia a las patologías de lo humano. La voz “patología” usualmente se
refiere al conjunto de síntomas de una enfermedad, pero también se emplea en
sentido figurado para hablar de la patología social. En esta revelación quiero
emplearla como un término analógico capaz de comprender tanto los síntomas de
las enfermedades como las señales que lanzan los problemas sociales y,
particularmente la violencia. El juicio oral en tanto que es, o sea, una
manifestación de la democracia es, o será, también un medio o método para dominar la violencia.
La señal fundamental del campo de realidad que se
pretende mostrar es que la relacionalidad como forma genuina de presencia del
ser humano en el mundo de los mexicanos (y, por tanto, de los veracruzanos) está
echada a perder. Esto lo vemos todos. Aquello que no se echa de ver es que los diálogos, este ir y venir de la
palabra, sufrió una interrupción abrupta y que uno de los síntomas más
evidentes, con tanta evidencia que como una luz intensa sobre los ojos impide
ver, es que en el momento actual no hay juicios penales en México, porque los
jueces no están allí, ellos no juzgan (simplemente condenan).
Revertir
aquella situación enreda la idea de convertir el proceso penal en una especie
de teatro. Se debe recordar que la etimología de la palabra teatro es del
griego "theatron", que significa "lugar para ver" o
"lugar para contemplar". Los orígenes del teatro los encontramos en
la unión de antiguos rituales sagrados para asegurar una buena caza o temporada
agrícola, con los elementos emergentes en las culturas relacionados con la
música y la danza. Consecuentemente, para restaurar los diálogos es necesario que los ciudadanos comiencen por verlos, escenificados dentro de un
juicio oral. La materia penal, que toca las fibras humanas más profundas, puede convertirse
en el más puro teatro.
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Ximena notó en el acto que su abuelo siguió con su
costumbre de no hacer referencias bibliográficas y con la vanidad de sus
discursos (mira que llamarle “Apocalipsis” a su documento), pero tomó muy en
serio sus palabras. Si esto fuera la Biblia se diría que acaba de leer el
versículo 1 del Capítulo 1 del apocalipsis de su abuelo. Comprendió que era una
lectura para efectuar con Fernando y no para hacerlo sola. Terminó su copa y un
poco mareada —tal vez por la lectura, quizás por el coñac— resolvió twitear con
él para hacerle la invitación.
[Esta historia continuará]
[Esta historia continuará]

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