martes, 8 de enero de 2013

Entre hipócritas y cínicos


Lo último que Clemencia escuchó del estúpido “Hernández” fue una cosa obvia.  Se trataba de la respuesta que el difunto se había hecho con frecuencia en los últimos días que estuvieron juntos, ¿Cómo estructurar  el proceso penal para que los jueces cumplan su función de gobierno? El juez le había hecho escribir una nota que ella fotocopió y guardó con celo, considerando que podría ser importante, pero era algo tan obvio lo que decía.

3.1. Conviene destacar un hecho que constituye una auténtica paradoja: las palabras bonitas y los hechos mezquinos. Por todos lados se escucha permanentemente hablar de la Administración de Justicia con palabras magníficas. Se habla de la grandeza y la importancia de la justicia, de la magnificencia del papel social de los jueces y magistrados, del valor fundante de la independencia judicial…de un modo u otro siempre se utiliza un lenguaje grandilocuente. Pero el solo hecho de entrar en los tribunales revela una realidad completamente distinta: escritorios desvencijados, jueces mal pagados, falta de insumos elementales, los abogados abarrotados tratando de conseguir los  expedientes, empleados que atienden mal a la gente, los testigos espetando incómodos por horas. Algo ciertamente grotesco.

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¿Por   qué los baños de pureza? Ella conocía la historia del viejo juez. No creía en una conversión y más bien le parecían actos de hipocresía. El estúpido viejo le salió un hipócrita. Un ser detestable que se creía puro sin serlo. Era tan vanidoso que no supo afrontar el hecho de que había perdido el enorme anillo de oro con rubíes que perteneció a un juez, antecesor suyo y ya fallecido. Ella lo encontró en el baño y se lo guardó con el ánimo de no devolverlo nunca. Si todos se beneficiaban con las corruptelas, por qué ella no.

¿De qué se asombraba el juez? Los palacios de justicia son para los de arriba, como ellos. Si se repartiera el presupuesto equitativamente ellos perderían muchos privilegios. Su vida había cambiado por completo, trabajaba con un cínico y a él le daba sus favores. Todo terminaría cuando naciera el hijo que llevaba en sus entrañas. Aquel con quien la había mandado el juez es ser cuya desvergüenza no tiene límites. Su ponencia estaba integrada por su familia. A ella la aceptó no por la recomendación del juez, sino porque “le gustaba” y “hace tiempo que quería con ella”. Ella aceptó sin recato porque convenía a sus intereses.

Para Clemencia los juicios orales eran más de lo mismo. Ella había aprendido a manejar la computadora y, según ella, en eso consistía la única diferencia. La <<maquinofobia>> le daba a los nacidos antes de 1990. Sabía manejar el Facebook y allí estaba al tanto de todas las historias y sin necesidad de ir al lavadero. Lo que ganaba le daba para comer. Los extras para algún lujillo. La vida judicial seguiría igual.
[Esta historia continuará]

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