Lo último que Clemencia escuchó del estúpido “Hernández”
fue una cosa obvia. Se trataba de la
respuesta que el difunto se había hecho con frecuencia en los últimos días que
estuvieron juntos, ¿Cómo estructurar el
proceso penal para que los jueces cumplan su función de gobierno? El juez le
había hecho escribir una nota que ella fotocopió y guardó con celo,
considerando que podría ser importante, pero era algo tan obvio lo que decía.
3.1.
Conviene destacar un hecho que constituye una auténtica paradoja: las palabras
bonitas y los hechos mezquinos. Por todos lados se escucha permanentemente
hablar de la Administración de Justicia con palabras magníficas. Se habla de la
grandeza y la importancia de la justicia, de la magnificencia del papel social
de los jueces y magistrados, del valor fundante de la independencia judicial…de
un modo u otro siempre se utiliza un lenguaje grandilocuente. Pero el solo
hecho de entrar en los tribunales revela una realidad completamente distinta:
escritorios desvencijados, jueces mal pagados, falta de insumos elementales,
los abogados abarrotados tratando de conseguir los expedientes, empleados que atienden mal a la
gente, los testigos espetando incómodos por horas. Algo ciertamente grotesco.
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¿Por qué los baños
de pureza? Ella conocía la historia del viejo juez. No creía en una conversión
y más bien le parecían actos de hipocresía. El estúpido viejo le salió un hipócrita.
Un ser detestable que se creía puro sin serlo. Era tan vanidoso que no supo
afrontar el hecho de que había perdido el enorme anillo de oro con rubíes que
perteneció a un juez, antecesor suyo y ya fallecido. Ella lo encontró en el
baño y se lo guardó con el ánimo de no devolverlo nunca. Si todos se
beneficiaban con las corruptelas, por qué ella no.
¿De qué se asombraba el juez? Los palacios de justicia
son para los de arriba, como ellos. Si se repartiera el presupuesto
equitativamente ellos perderían muchos privilegios. Su vida había cambiado por
completo, trabajaba con un cínico y a él le daba sus favores. Todo terminaría
cuando naciera el hijo que llevaba en sus entrañas. Aquel con quien la había mandado el juez es ser cuya desvergüenza no
tiene límites. Su ponencia estaba integrada por su familia. A ella la aceptó no
por la recomendación del juez, sino porque “le gustaba” y “hace tiempo que
quería con ella”. Ella aceptó sin recato porque convenía a sus intereses.
Para Clemencia los juicios orales eran más de lo mismo.
Ella había aprendido a manejar la computadora y, según ella, en eso consistía
la única diferencia. La <<maquinofobia>> le daba a los nacidos
antes de 1990. Sabía manejar el Facebook y allí estaba al tanto de todas las
historias y sin necesidad de ir al lavadero. Lo que ganaba le daba para comer.
Los extras para algún lujillo. La vida judicial seguiría igual.
[Esta historia continuará]

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