domingo, 13 de enero de 2013

El juez atosigado


Estaba una mecedora frente a la otra en la terraza enorme de la casa chica del difunto juez. En la mecedora de la izquierda estaba Doña Sara y en la de la derecha se sentó Ximena, ocupó el lugar que por la fuerza de la costumbre perteneció a su abuelo. Se levantó para acomodar la manta que su abuela tenía sobre las piernas. Ésta parecía dormitar, pero no era así. Meditaba en lo que le habían dicho que por el agotamiento de los trabajo que se había impuesto sufrió un “colapso”. Que a causa de ese estado de postración extrema y baja tensión sanguínea, con insuficiencia circulatoria, se le olvidaban algunas cosas, pero que la medicina y el reposo, le permitirían recuperarse plenamente.

<<¡Qué tontería! Ella recordaba todo>>. “La mujer perdona, pero no olvida” había dicho Gandhi. Ella perdonó mucho, pero, en efecto, no olvidaba. Con orgullo suprimió el apellido de su madre para colocar en su lugar el “de Hernández”. Su hombre no era guapo, pero sustituía la deficiencia con gallardía. Él era un juez que se caracterizaba por el esfuerzo y arrojo en ejecutar las acciones y acometer las empresas. Gracias a esta cualidad llegó a ser juez de primera instancia en materia penal.

En las noches de luna en Xalapa, el juez la invitaba a sentarse en las mecedoras que había comprado exprofeso para ello y le platicaba con entusiasmo las cosas del día. Ella también quería ser escuchada, pero no tuvo esa fortuna. No se sentía disgustada por esto, pues la personalidad de su feo esposo lo dominaba todo y ella se sentía afortunada por éxitos del hombre a quien amaba tanto. Encontró la manera de expresarse ante a él con los pequeños detalles. Le servía una copa de coñac, prendía el tocadiscos para escuchar las canciones de Toña “la Negra” o de Chabuca Granda. Desde antes de su llegada colocaba flores en el florero de la mesa que estaba a su lado. Él había dejado de fumar, pero cuando lo hacía siempre encontraba cigarrillos, cerillos y cenicero a la mano. Su esposo ni cuenta se daba, pues esas cosas tenían la obligación de estar allí. Lo importante es que se sentía a gusto.

Por todo lo anterior, se sorprendió cuando empezó a llegar y seguir esa grata rutina, pero con una variante el juez hablaba poco. No resistió la tentación de cuestionarlo pues ella era su esposa no una empleada. Fue la primera vez que escuchó la palabra “colapso”. El poder judicial ha colapsado. La parca explicación de su marido, <<Destrucción, ruina de la institución, sistema, estructura, etc.>>, Le hizo recordar aquella descripción de Daniel E. Herrendorf en su libro El Poder de los jueces. Un libro que su director de tesis le impuso leer.

Uno imagina al juez atosigado lleno de causas pendientes, de audiencias cruzadas, de problemas insolucionados, almacenamiento de expedientes que no ha leído ni entrevisto, y atormentado en la busca de la más imprescindible jurisprudencia y doctrina que cupiere citar a fin de no seguir gastando tiempo escaso en mucha erudición. La informática jurídica añade un dulce sabor ordenador al caos de la materia.

Sin embargo, la informática jurídica aún no se había incorporado al rol del juez en Veracruz (México). Lo novedoso es que un burro de trabajo como lo era su esposo emitiera una queja. Le escuchó como quien escucha un rebuznar desentonado. Ahora bien, seguía diciendo Herrendorf, ante el enjambre de cuestiones que el juez tiene por delante, una función le resulta ineludible: pensar adecuadamente cada uno de sus pasos, interpretando las conductas que el expediente describe, valorándolas correctamente, eligiendo con precisión las normas que conceptualicen esas conductas, y, en fin, pensando con su cabeza de juez vocacionado por la justicia cuál es de todas, la mejor solución. Pues la justicia no es más que la mejor posibilidad coexistencial ante una situación determinada.

Apenas hacía unos cuantos días que su marido le había contado cómo había organizado el trabajo. De modo, que no tenía más carga que firmar al calce y al margen de los expedientes, lo cual le permitiría jugar dominó con los amigos, <<como siempre lo había deseado>>. No cabía duda para ser mentiroso se necesita tener buena memoria. Ella sintió en su corazón que el hombre que había colocado en un nicho había pasado de ser un buen juez a convertirse en un mal juez y como las cosas no pueden escindirse también ese día o, mejor aún, esa noche, dejó de ser un buen hombre para convertirse en un mal hombre. Pronto comenzaron las noches de juego de dominó y terminaron las pláticas en la terraza grande.

Doña Sara siguió sumergida en sus recuerdos:

El problema se muestra en dos instancias. La primera, si se trata de un buen juez o de un mal juez. No hay motivos para pensar que todos los jueces son buenos, que sienten la ensordecedora voz de la justicia escarnecida y viven su judicatura con efusivo rigor. No es así. Muchos jueces han llegado a la magistratura de la misma manera que cayó el gobierno de Napoleón el Pequeño: por casualidad.

Desde aquella noche Doña Sara Mendoza de Hernández abrigó la convicción de que los jueces utilizan un discurso hacía afuera para persuadir al pueblo de que ellos son los administradores de la justicia, pero hacia dentro de sus solemnes instituciones alegan que no pueden cumplir con su función de impartir justicia, porque cada uno de ellos es un juez atosigado. Otra manifestación del abrazo mortal de la mentira.

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