Estaba una mecedora frente a la otra en la terraza enorme
de la casa chica del difunto juez. En la mecedora de la izquierda estaba Doña
Sara y en la de la derecha se sentó Ximena, ocupó el lugar que por la fuerza de
la costumbre perteneció a su abuelo. Se levantó para acomodar la manta que su
abuela tenía sobre las piernas. Ésta parecía dormitar, pero no era así.
Meditaba en lo que le habían dicho que por el agotamiento de los trabajo que se
había impuesto sufrió un “colapso”. Que a causa de ese estado de postración
extrema y baja tensión sanguínea, con insuficiencia circulatoria, se le
olvidaban algunas cosas, pero que la medicina y el reposo, le permitirían
recuperarse plenamente.
<<¡Qué tontería! Ella recordaba todo>>. “La
mujer perdona, pero no olvida” había dicho Gandhi. Ella perdonó mucho, pero, en
efecto, no olvidaba. Con orgullo suprimió el apellido de su madre para colocar
en su lugar el “de Hernández”. Su hombre no era guapo, pero sustituía la
deficiencia con gallardía. Él era un
juez que se caracterizaba por el esfuerzo y arrojo en ejecutar las acciones y
acometer las empresas. Gracias a esta cualidad llegó a ser juez de primera
instancia en materia penal.
En las noches de luna en Xalapa, el juez la invitaba a sentarse
en las mecedoras que había comprado exprofeso para ello y le platicaba con
entusiasmo las cosas del día. Ella también quería ser escuchada, pero no tuvo
esa fortuna. No se sentía disgustada por esto, pues la personalidad de su feo
esposo lo dominaba todo y ella se sentía afortunada por éxitos del hombre a
quien amaba tanto. Encontró la manera de expresarse ante a él con los pequeños
detalles. Le servía una copa de coñac, prendía el tocadiscos para escuchar las
canciones de Toña “la Negra” o de Chabuca Granda. Desde antes de su llegada
colocaba flores en el florero de la mesa que estaba a su lado. Él había dejado
de fumar, pero cuando lo hacía siempre encontraba cigarrillos, cerillos y
cenicero a la mano. Su esposo ni cuenta se daba, pues esas cosas tenían la
obligación de estar allí. Lo importante es que se sentía a gusto.
Por todo lo anterior, se sorprendió cuando empezó a
llegar y seguir esa grata rutina, pero con una variante el juez hablaba poco.
No resistió la tentación de cuestionarlo pues ella era su esposa no una
empleada. Fue la primera vez que escuchó la palabra “colapso”. El poder
judicial ha colapsado. La parca explicación de su marido,
<<Destrucción, ruina de la institución, sistema, estructura, etc.>>,
Le hizo recordar aquella descripción de Daniel E. Herrendorf en su libro El Poder de los jueces. Un libro que su director de tesis le impuso
leer.
Uno imagina al juez atosigado lleno de causas pendientes,
de audiencias cruzadas, de problemas insolucionados, almacenamiento de
expedientes que no ha leído ni entrevisto, y atormentado en la busca de la más
imprescindible jurisprudencia y doctrina que cupiere citar a fin de no seguir
gastando tiempo escaso en mucha erudición. La informática jurídica añade un
dulce sabor ordenador al caos de la materia.
Sin embargo, la informática jurídica aún no se había incorporado
al rol del juez en Veracruz (México). Lo novedoso es que un burro de trabajo
como lo era su esposo emitiera una queja. Le escuchó como quien escucha un
rebuznar desentonado. Ahora bien, seguía diciendo Herrendorf, ante el enjambre
de cuestiones que el juez tiene por delante, una función le resulta ineludible:
pensar adecuadamente cada uno de sus pasos, interpretando las conductas que el
expediente describe, valorándolas correctamente, eligiendo con precisión las
normas que conceptualicen esas conductas, y, en fin, pensando con su cabeza de
juez vocacionado por la justicia cuál es de todas, la mejor solución. Pues la
justicia no es más que la mejor posibilidad coexistencial ante una situación
determinada.
Apenas hacía unos cuantos días que su marido le había
contado cómo había organizado el trabajo. De modo, que no tenía más carga que
firmar al calce y al margen de los expedientes, lo cual le permitiría jugar
dominó con los amigos, <<como siempre lo había deseado>>. No cabía
duda para ser mentiroso se necesita tener buena memoria. Ella sintió en su
corazón que el hombre que había colocado en un nicho había pasado de ser un
buen juez a convertirse en un mal juez y como las cosas no pueden escindirse
también ese día o, mejor aún, esa noche, dejó de ser un buen hombre para
convertirse en un mal hombre. Pronto comenzaron las noches de juego de dominó y
terminaron las pláticas en la terraza grande.
Doña Sara siguió sumergida en sus recuerdos:
El problema se muestra en dos instancias. La primera, si
se trata de un buen juez o de un mal juez. No hay motivos para pensar que todos
los jueces son buenos, que sienten la ensordecedora voz de la justicia
escarnecida y viven su judicatura con efusivo rigor. No es así. Muchos jueces
han llegado a la magistratura de la misma manera que cayó el gobierno de Napoleón
el Pequeño: por casualidad.
Desde aquella noche Doña Sara Mendoza de Hernández abrigó
la convicción de que los jueces utilizan un discurso hacía afuera para
persuadir al pueblo de que ellos son los administradores de la justicia, pero
hacia dentro de sus solemnes instituciones alegan que no pueden cumplir con su
función de impartir justicia, porque cada uno de ellos es un juez atosigado.
Otra manifestación del abrazo mortal de la mentira.

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