martes, 11 de septiembre de 2012


El Tribunal de la  Inquisición


Evocar el Tribunal de la Inquisición es traer a la memoria o la imaginación algo de  lo que se ha escrito sobre esta institución de origen medieval. La palabra evocar tiene otro significado <<Llamar a los espíritus y a los muertos, suponiéndolos capaces de acudir a los conjuros e invocaciones>>. Este segundo significado no se emplea aquí, aun cuando ‒tal vez‒ el intento de una evocación de tal índole podría resultar de mayor interés para el ciudadano que ponerse a rememorar narraciones históricas.

Sin embargo, el punto de interés es no tanto el Tribunal cuanto su proceder: “Así nace la inquisición; tribunal encargado de inquirir quienes luchaban o atentaban contra la posición de la Iglesia” (Mariel de Ibañez, 1979: 8). Si el ciudadano se deja llevar por el significado usual en nuestros días de la voz “inquirir” que, en este sentido, quiere decir <<Indagar, averiguar o examinar cuidadosamente algo>>, quizás no le parezca malo, es decir, posiblemente no le juzgue como un proceder arbitrario. Uno de los filósofos cristianos más importantes del siglo XX califica las cosas de la siguiente manera: “He dicho que la Inquisición ha sido una desgracia para la Iglesia. No he dicho que fuera mala en su intención primera y en su fin. La intención primera (defender la fe) era buena; y el fin (extirpar la herejía) era bueno.” (Maritain, 1972: 254).   

Entonces, ¿En dónde está lo malo? Lo malo está en el empleo de la tortura para arrancar confesiones que se tenían por válidas. El citado pensador cristiano ofrece la siguiente respuesta:

Como ya he señalado  más arriba, esta institución colocaba en primer lugar una acción profiláctica que, por los mismos medios que empleaba, destruía las condiciones normales requeridas para alcanzar el fin primero perseguido por la Iglesia: la curación de los heréticos, y también la conversión de los no cristianos. Era en sí incapaz de alcanzar  realmente su propio fin, salvo mediante la expulsión en masa o mediante el extermino gracias a alguna cruzada. Y aun esforzándose en ser justa (había canonistas para ello), se veía obligada a ser implacable, faltando por ello a una exigencia absolutamente capital que responde a la espera de los hombres y procede de la voluntad de Cristo con respecto a sus servidores: a saber, que en la forma en que actúan los ministros de la Iglesia y en la forma en que funcionan los engranajes judiciales y administrativos que emplea, aparezca siempre esa divina calidad y ese amor fraterno que son la vida misma de la Iglesia. De suyo, la Inquisición ha sido un mal que ha manchado la historia humana y ha sido un gran ultraje a Dios (Maritain, 1972: 257).

Jacques Maritain explica también la forma como se comportaban en la práctica los Tribunales de la Inquisición: “A este respectos hay dos cosas, sobre todo, que nos escandalizan y que de suyo son inadmisibles” (1972: 259), Al decir esto el filósofo francés estaba pensando en el abandono del culpable al brazo secular para que ejecutara la pena de muerte y en la tortura para arrancar confesiones.

En cuanto a la tortura –explica el multicitado autor‒ ocurría la misma ingenuidad: si un hombre que sabía la verdad sobre algo rechazaba obstinadamente el dar a conocer la verdad a jueces que ejercían sus plenos derechos de investigación, es que existían en él obstáculos potentes: terror del castigo, o voluntad perversa, adhesión a su secta y temor de perjudicarla, sin hablar del imperio del diablo, que le impedían confesar la verdad en cuestión. Por tanto, tocaba a los hombres de la ley el romper esos obstáculos.

La tortura para soltar la lengua del hombre interrogado y hacer salir la verdad de su boca. A fin de cuentas, haciendo progresar la investigación, le liberaba a él mismo de una parálisis incurable de otra forma. Personas que llevaban semejantes anteojeras, ¿cómo  hubieran podido ver que al torturar a aquel hombre no sólo daban un ejemplo de fría crueldad sino que violaban un campo sagrado: la dignidad y la personalidad, el universo íntimo que exige de suyo un respeto absoluto, de un ser hecho a imagen de Dios y animado hasta las últimas fibras de su cuerpo por un alma que es espíritu? ¿Y que en lugar de la verdad, lo que más a menudo eran palabras que confesaban cualquier cosa y que consentían en lo que fuera para hacer cesar el suplicio lo que conseguían hacer salir de su boca enloquecida por el dolor? (Maritain, 1972: 262).

Si se dejan de lado las narraciones históricas y se atiende al tiempo presente, entonces el pensador francés nos hace una importante advertencia: “Nuestra civilización moderna tiene más luz sobre todo esto que la edad media, pero no se priva de practicar también la tortura en todas las latitudes” (Maritain, 1972: 262).

Sin embargo, nota cuatro puntos de diferencia entre la edad moderna y la edad media:

1.    Hoy se tortura con mala conciencia y escondiéndose, según el país, por medio de la policía del Estado o por policías <<paralelos>> y servicios secretos.

2.    Hoy se dispone de técnicas mucho más perfeccionadas, y la tortura moral es tan espontáneamente eficaz como la tortura física.

3.    Hoy se sabe que las confesiones arrancadas de esta forma proporcionan a veces información exacta bajo la amenaza de lo peor, pero también que se puede hacer decir al torturado todo lo que se quiere, lo que resulta muy provechoso para confundir la opinión o para dar golpes bajos.

4.    Hoy un hombre que ha confesado bajo tortura es un hombre degradado, mientras que en la edad media era alguien a quien forzosamente se había puesto en disposición de cumplir  con su deber, y que, si después de eso se convertía a la verdadera fe, podía ambicionar el convertirse él también en inquisidor.

Los propósitos del pensador citado son otros. Los objetivos de esta entrada son modestos se reducen a explicar al ciudadano que la palabras “inquisición” e “inquisitorial” referidas al proceso penal son más fuertes que la alusión a una lucha de poder manifestada en competencias.

Bibliografía


Mariel de Ibañez, Y. (1979). El Tribunal de la Inquisición en México. México : UNAM.

Maritain, J. (1972). La Iglesia de Cristo. Bilbao, España: Editorial Española Desclée de Brower.

 

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