El Tribunal de la Inquisición
Evocar el Tribunal de la
Inquisición es traer a la memoria o la imaginación algo de lo que se ha escrito sobre esta institución
de origen medieval. La palabra evocar tiene otro significado <<Llamar a
los espíritus y a los muertos, suponiéndolos capaces de acudir a los conjuros e
invocaciones>>. Este segundo significado no se emplea aquí, aun cuando
‒tal vez‒ el intento de una evocación de tal índole podría resultar de mayor
interés para el ciudadano que ponerse a rememorar narraciones históricas.
Sin embargo, el punto de
interés es no tanto el Tribunal cuanto su proceder: “Así nace la inquisición;
tribunal encargado de inquirir
quienes luchaban o atentaban contra la posición de la Iglesia” (Mariel de
Ibañez, 1979: 8). Si el ciudadano se deja llevar por el significado usual en
nuestros días de la voz “inquirir” que, en este sentido, quiere decir
<<Indagar, averiguar o examinar cuidadosamente algo>>, quizás no le
parezca malo, es decir, posiblemente no le juzgue como un proceder arbitrario. Uno
de los filósofos cristianos más importantes del siglo XX califica las cosas de
la siguiente manera: “He dicho que la Inquisición ha sido una desgracia para la
Iglesia. No he dicho que fuera mala en su intención primera y en su fin. La
intención primera (defender la fe) era buena; y el fin (extirpar la herejía)
era bueno.” (Maritain, 1972: 254).
Entonces, ¿En dónde está lo
malo? Lo malo está en el empleo de la tortura para arrancar confesiones que se
tenían por válidas. El citado pensador cristiano ofrece la siguiente respuesta:
Como ya he señalado más arriba, esta institución colocaba en
primer lugar una acción profiláctica que, por los mismos medios que empleaba,
destruía las condiciones normales requeridas para alcanzar el fin primero
perseguido por la Iglesia: la curación de los heréticos, y también la conversión
de los no cristianos. Era en sí incapaz de alcanzar realmente su propio fin, salvo mediante la
expulsión en masa o mediante el extermino gracias a alguna cruzada. Y aun
esforzándose en ser justa (había canonistas para ello), se veía obligada a ser
implacable, faltando por ello a una exigencia absolutamente capital que
responde a la espera de los hombres y procede de la voluntad de Cristo con
respecto a sus servidores: a saber, que en la forma en que actúan los ministros
de la Iglesia y en la forma en que funcionan los engranajes judiciales y
administrativos que emplea, aparezca siempre esa divina calidad y ese amor
fraterno que son la vida misma de la Iglesia. De suyo, la Inquisición ha sido
un mal que ha manchado la historia humana y ha sido un gran ultraje a Dios
(Maritain, 1972: 257).
Jacques Maritain explica también la forma como se
comportaban en la práctica los Tribunales de la Inquisición: “A este respectos
hay dos cosas, sobre todo, que nos escandalizan y que de suyo son inadmisibles”
(1972: 259), Al decir esto el filósofo francés estaba pensando en el abandono
del culpable al brazo secular para que ejecutara la pena de muerte y en la
tortura para arrancar confesiones.
En cuanto a la tortura –explica el multicitado
autor‒ ocurría la misma ingenuidad: si un hombre que sabía la verdad sobre algo
rechazaba obstinadamente el dar a conocer la verdad a jueces que ejercían sus
plenos derechos de investigación, es que existían en él obstáculos potentes:
terror del castigo, o voluntad perversa, adhesión a su secta y temor de
perjudicarla, sin hablar del imperio del diablo, que le impedían confesar la
verdad en cuestión. Por tanto, tocaba a los hombres de la ley el romper esos
obstáculos.
La tortura para soltar la lengua del hombre
interrogado y hacer salir la verdad de su boca. A fin de cuentas, haciendo
progresar la investigación, le liberaba a él mismo de una parálisis incurable
de otra forma. Personas que llevaban semejantes anteojeras, ¿cómo hubieran podido ver que al torturar a aquel
hombre no sólo daban un ejemplo de fría crueldad sino que violaban un campo
sagrado: la dignidad y la personalidad, el universo íntimo que exige de suyo un
respeto absoluto, de un ser hecho a imagen de Dios y animado hasta las últimas
fibras de su cuerpo por un alma que es espíritu? ¿Y que en lugar de la verdad,
lo que más a menudo eran palabras que confesaban cualquier cosa y que
consentían en lo que fuera para hacer cesar el suplicio lo que conseguían hacer
salir de su boca enloquecida por el dolor? (Maritain, 1972: 262).
Si se dejan de lado las
narraciones históricas y se atiende al tiempo presente, entonces el pensador
francés nos hace una importante advertencia: “Nuestra civilización moderna
tiene más luz sobre todo esto que la edad media, pero no se priva de practicar
también la tortura en todas las latitudes” (Maritain, 1972: 262).
Sin embargo, nota cuatro
puntos de diferencia entre la edad moderna y la edad media:
1.
Hoy se tortura con mala conciencia y escondiéndose,
según el país, por medio de la policía del Estado o por policías <<paralelos>>
y servicios secretos.
2.
Hoy se dispone de técnicas mucho más
perfeccionadas, y la tortura moral es tan espontáneamente eficaz como la
tortura física.
3.
Hoy se sabe que las confesiones arrancadas de esta
forma proporcionan a veces información exacta bajo la amenaza de lo peor, pero
también que se puede hacer decir al torturado todo lo que se quiere, lo que
resulta muy provechoso para confundir la opinión o para dar golpes bajos.
4.
Hoy un hombre que ha confesado bajo tortura es un
hombre degradado, mientras que en la edad media era alguien a quien
forzosamente se había puesto en disposición de cumplir con su deber, y que, si después de eso se
convertía a la verdadera fe, podía ambicionar el convertirse él también en
inquisidor.
Los propósitos del pensador
citado son otros. Los objetivos de esta entrada son modestos se reducen a
explicar al ciudadano que la palabras “inquisición” e “inquisitorial” referidas
al proceso penal son más fuertes que la alusión a una lucha de poder
manifestada en competencias.
Bibliografía
Mariel de Ibañez, Y. (1979). El Tribunal de la
Inquisición en México. México : UNAM.
Maritain, J. (1972). La Iglesia de
Cristo. Bilbao, España: Editorial Española Desclée de Brower.

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