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| Alquimista |
¿Hay respuestas
correctas en el derecho?
El título de la presente Entrada corresponde al título de
un libro de Rodolfo Arango (2004). Si la cuestión se trae a colación es porque
se encuentra relación con el aserto <<El
juez puede iniciar de oficio el proceso, también está facultado para buscar los
hechos utilizando cualquier medio tendiente a la averiguación de la
verdad>>.
Aun cuando le debe ser difícil expresarlo, el
ciudadano intuye que la sentencia expresa la prudencia de los jueces (o
jurisprudencia) y, aunque siempre implica un conocer, su verdad propia no
consiste en conocer lo que es, sino en dirigir lo que debe hacerse en un caso
concreto. La resolución es una obra,
por lo tanto se trata de una verdad que construye: no hay respuestas correctas
en las leyes.
La inquisición es un fruto amargo de su época.
Cuando se pensaba que la verdad se le podía arrancar a las cosas mediante una
averiguación, incluso utilizando la violencia para ello: inquirir la verdad hasta descubrirla. Esta verdad sería la
respuesta correcta. De aquí que se le otorgara a los gobernados un periodo de
gracia para que confesara sus <<pecados-delitos>> y, después, de
oficio iniciaban una investigación. No siempre fue así, tiempos hubo en que los
litigantes buscaban un campeón y los campeones luchaban entre sí, el vencedor
era el poseedor de la verdad y en ella se leía la voluntad de Dios. Éste fue un
sistema adversarial.
Zaffaroni, Alagia y Slokar exponen el tema de la
siguiente manera: “Como vimos hasta la confiscación de la víctima la verdad
procesal se establecía por lucha (duelo). Las partes nombraban a sus caballeros
que, cargados de hierros intentaban atravesarse: Dios decidía quien terminaba
atravesando al otro y con esto señalaba que decía la verdad: era Dios mismo
quien asignaba el triunfo a quien decía la verdad.” (2005: 189).
Pero, explican los autores citados, esto no sucedía
sólo en el derecho, sino que toda la verdad científica se obtenía mediante
luchas con las cosas o con la naturaleza para arrancarle sus secretos: la
astrología, la alquimia, la fisonómica y oros saberes semejantes, luchaban
contra la naturaleza. Incluso en filosofía, se cultivaba el arte de
cuestionarse recíprocamente en un duelo entre sabios (las cuestiones).
Cuando se confiscó a la víctima y el soberano o
señor usurpó su lugar en el proceso penal, fue innecesario garantizar la
imparcialidad para que Dios exprese su voluntad, porque no había lucha entre
partes, sino lucha entre el bien (en manos del señor) y el mal (enemigos del
señor). No sólo se confiscó a la víctima, sino que se secuestró a Dios, porque
a partir de ese momento no podía estar sino del lado del bien (que, por
supuesto, era del señor). El juez dejó de ser el arbitro de boxeo que cuida sólo
que nadie viole las reglas de la lucha, sino que con la víctima confiscada y
Dios secuestrado, pasó a actuar en nombre de Dios y del señor. (Zaffaroni,
Alagia, Slokar, 2005: 189).
El
desenlace de la explicación no podía ser otro y los autores invocados terminan
diciendo: dado que el juez siempre estaba del lado del bien, no podía imponérsele
limitación alguna en su lucha contra el mal. ¿Para qué limitar al que siempre
hacía bien? No eran necesarios acusadores ni defensores. ¿Para qué si Dios y el
señor sólo buscaban el bien? ¿De quien había que defender al acusado, si Dios y
el señor lo tutelan y protegen buscando
su bien?
El
ciudadano habituado a la visión estática de las cosas debe estar asombrado de
cara con una visón dinámica de las mismas.
Bibliografía
Arango, R. (2004). ¿Hay respuestas correctas en el derecho?
Bogotá, Colombia: Siglo del hombre Editores y Universidad de los Andes.
Zaffaroni, E. R., Alagia, A., & Slokar, A. (2005). Manual
de Derecho Penal, Parte General. Buenos Aires, Argentina: EDIAR.

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